¿Dónde empezó el laberinto?
La ciudad de los anfibios
Es menos espantosa con el cisne,
Pero el cisne ha muerto
Ruinas castillos de antaño
Llueven huesos lastimeros
¿Dios, estás ahí? ¿Existes?
¿O eres un cuerpo hecho jirones,
Una postrer sonrisa?
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Y solos nos volvemos>>, decía un monje,
Pero yo no le hice caso
Qué bueno verte, hermana,
Tú haces vino de este lodo
El Padre apenas camina
Y es casi nebulosa
La Madre un papiro ensangrentado
Que deambula por inercia
La carcajada de los monstruos
Resuena en los corredores
Qué grato tenerte, hermano,
Cuando el rumbo es incierto
Me llevas en tus brazos
Bocas destrozadas por cañones
Miembros esparcidos cual semillas
De horrendo árbol, la muerte
Se adivina en cráneos y frazadas
Y suplico, lloro, huyo
Mientras la sacerdotisa ríe
Se derrama sangre joven
En los valles de la infancia
¿Padre?, ¿Madre?
¿Pueden salvarse ustedes?
Y voy, atravieso nieve, bosque, selva,
Voy, voy creando sendero
Y sí, ahí está el mundo:
Ebrio, manoseado por arpías,
Escupiendo estiércol mientras grita de gozo
Y caen ciudades como lluvia,
Y como rosas pululan ojos y orejas
¡Dios mío!, ¡Dios mío!
¿Es la mandrágora el final, la omega,
Es el llanto de los inocentes el último acto?
¡Hermana, hermana, corre!
La metralla es el hacha que corta a los mejores,
Y verlos caer es mi quebranto
Todo es plomo y ceniza,
Somos bañados en fuego,
El rojo quema nuestros ojos,
Vuela nuestros sueños el acero
Pero resistiremos
La victoria no será del enemigo,
Pues el Mal no entiende Poesía.
David Alberto Campos Vargas, Nuevo Orden, 2007
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